//
estás leyendo...
HISTORIA, NAUFRAGIOS

A 130 años de la odisea de “El Cóndor”

Naufragio pegado a la historia, el amor y la memoria. Herederos de Pedro Kruuse lo veneran en Viedma.

Muy lejos de constituir un montaje cinematográfico, y de tener rasgos de leyenda, continúa atrapando en forma intensa y a través de varias generaciones, la historia del naufragio del clíper dinamarqués “El Cóndor”.

El siniestro se produjo el 26 de diciembre de 1881 para los anales de la navegación marítima. El centro de la escena fue el estuario del río Negro en una entonces inhóspita Patagonia.

El relato de aquel episodio se mantiene vivo merced a los aportes -para la conservación de una identidad- forjados por los descendientes de un carpintero naval de origen danés llamado Pedro Kruuse, uno de los sobrevivientes que echó raíces en Viedma.

Ayer se cumplieron 130 años, y sus familiares, lo evocaron arrojando flores al mar.

La libreta de navegación da cuenta que el barco, preparado para mercancías generales, había partido del puerto alemán de Hamburgo con la intención de entregar champaña de Reims en San Francisco cruzando el estrecho de Magallanes.

A Pedro lo esperaba un trabajo de constructor naval en un astillero que un hermano consiguió llevar al éxito en esa ciudad norteamericana. Un tremendo agujero en el casco de 400 toneladas de peso, construido en madera; y una tormenta le torcerían el destino.

Esa Navidad jugó en contra.

El temporal impuso arriar las velas y las nubes les hicieron perder el rumbo hasta un primer choque con peñascos a la altura de la barra del río Negro.

El capitán John Haveman y sus 10 tripulantes se vieron obligados a ganar la costa en medio del caos. La evacuación la realizaron hacia una desconocida y solitaria playa con poco calado, bordeada por médanos y acantilados.

A la insólita imaginación sobre que en estas costas vivían antropófagos se les sumó una temerosa primera noche en tierra con viento y frío. Tuvieron que enfrentar el nuevo desafío empleando un bote salvavidas como techo, según la reconstrucción oral transmitida en forma directa por el carpintero vikingo a sus nietos.

Nuevos choques contra los peñascos terminaron de destrozar la nave antes de que apareciera el auxilio de una embarcación fletada desde Patagones hacia la desembocadura por orden de la Capitanía de Puertos.

La necesidad exigió salir a buscar comida y agua dulce a sabiendas de que el río se encontraba cerca. Ni bien atravesaron unos matorrales y tamariscos, descubrieron con gran sorpresa que junto a la humeante chimenea de una vivienda flameaba ¡¡¡una bandera dinamarquesa…!!!.”. La izó el capataz de la estancia de la familia Iribarne. Casualmente, se trataba de otro danés llamado Pedro Martensen.

Luego de acogerlos en su casa, les comentó que en el momento de la tragedia divisó desde los médanos por los que cabalgaba supervisando la hacienda, el mástil del buque con el estandarte de su país. Por lo tanto, trató de contribuir con lo mejor de sí para ayudar en una mala situación.

El bondadoso capataz ofreció sus buenos oficios para que la tripulación retornara a Dinamarca. Sin embargo, con la rapidez de un mar enfurecido, Kruuse de apenas 22 años cambió el puesto de observación en el buque.

Giró la vista hacia María, de 15 años, una de las hijas del capataz. Terminó casado con ella cuatro años más tarde y radicándose en forma definitiva en Viedma.

Nacieron de ese matrimonio 15 hijos. El legado de los Kruuse en Argentina acumula siete generaciones. Reúne a 425 parientes desparramados entre Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz, Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Mendoza y Chile.

El legendario automovilista de Zapala Arturo Kruuse, era uno de sus hijos. El náufrago sobreviviente lo llevó a esa zona alambrando campos.

El naufragio dio lugar para que las autoridades marítimas decidieran levantar en la barranca Sur el Faro Río Negro. Fue inaugurado el 25 de mayo de 1887 con el propósito de alertar a los navegantes sobre la presencia peligrosa de una restinga costera.

El reconocimiento pleno agregó un segundo hito. Durante diciembre de 1948, el gobierno territorial de Río Negro alentó en ese sector marítimo la creación de un balneario, y dentro de la estancia que había pasado a manos de la familia Harriet.

Las autoridades, como moneda de cambio, cumplieron un deseo de los entonces propietarios del establecimiento, quienes pidieron identificar al balneario con el nombre del primer buque encallado: “El Cóndor”.

El mascarón de proa -un cóndor con alas desplegadas- se exhibe en una vivienda de la villa.

La mesa de Haveman, botellas de champagne y utensilios coexisten dentro del patrimonio comunitario. Últimamente fueron encontrados clavos de la embarcación.

Los vestigios aún siguen apareciendo. Acrecentándose como el crisol de razas de los Kruuse y su pujante villa marítima.

Fuente: Diario Río Negro

Anuncios

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: